Carrión de los Condes - Sahagún


   Martes, 21 de octubre. Día dieciséis.

Me despierto sobre las cinco. Es demasiado temprano para levantarse, pero ya no lograré dormir. Hay que permanecer tumbado, descansar, acumular fuerzas para el Camino. Medito sobre las etapas que me esperan. Llevo más o menos la mitad del camino y sigo vivo. Me alimento, he dejado de adelgazar, estoy en forma… Tengo un dolor en la pierna izquierda, pero los pies los tengo mejor que hasta hace poco: han endurecido. A lo mejor llegaré a Santiago.

Son casi las siete, la oscuridad es total, todo el mundo está dormido. Me levanto en silencio, abro la puerta con cuidado, no la cierro para evitar que rechine. En seguida se oye otro chirrido: Naomi. Hello, hello, niña- un susurro.

Me acabo el desayuno, bebo agua y lleno una de las botellas en el grifo. Será suficiente. Naomi ya está en el camino: prácticamente no ha tardado en hacer su mochilita, ya que no lleva casi nada, va suministrándose de tienda en tienda.

Acaba de amanecer, cuando salgo del albergue. Como no me apetece caminar solo, espero a alguien en la plaza, en un banco de piedra: juntos es mejor... Se acerca José, el brasileño que durmió en el monasterio de Santa Clara. Lo reconozco con dificultad, pues la bufanda le cubre el rostro entero (le llega hasta los ojos) y la capucha, la cabeza. Salimos juntos de la ciudad, pasamos el cruce, seguimos un poco por la carretera y ya estamos en el camino. Pasada la ciudad, aprieto el paso, miro una y otra vez atrás, José se queda rezagado. En el camino cada uno sigue su ritmo: nos despedimos con un gesto. ¡VAMOS!
Empieza el recorrido por un sendero secundario, recto, vacío, entre extensos campos. No hay casas en el alrededor, sólo rastrojos y más rastrojos. Me fijo en los grandes nidos de champiñones que hay entre las hierbas de la zanja. De vez en cuando cruzo algunos manantiales de aguas limpias que se dirigen hacia el sur, al Río Carrión. Después de una hora, las ruinas de la iglesia de Santa María de Benevivere a la derecha. Con todo mi empeño, me acerco a la pareja de prominentes noruegos, luego a Marco Antonio y a dos franceses. Resulta que en el albergue del monasterio se levantaron antes que en el nuestro, el de la iglesia. Oigo unos pasos, alguien respira con dificultad, se acerca: es Marga. Hola, hola. Empieza a hacer calor, llevamos ahora las chaquetas y los jerseyes metidos bajo la tapa. Tras una hora más de andar, a la derecha unos bancos de hormigón, alguna mesa, en fin, un sitio para descansar. Hay una bomba, pero la esperanza de beber agua pasa, es muy vieja... Bebo poco, en Palencia no se preocupan demasiado por las fuentes para peregrinos. Me adelantan los que se habían quedado atrás: no es nada agradable verlos pasar, ya que implica que he perdido el ritmo. Mis cinco minutos de descanso equivalen a 300 metros de su camino, que son muy difíciles de recuperar después. Pero no hay otra opción, tengo que quitarme las botas y dar un poco de alivio a mis pies sudados. Cuando me dispongo a volver a caminar, aparece José, el brasileño: entonces es él quien tiene que descansar.
El camino cruza una carretera secundaria. Una hora más tarde, el pequeño Río Seco. Este desierto es un parque natural, donde viven linces ibéricos, en acuciante peligro de extinción … Una hora más de caminata. Hasta entonces el camino subía suavemente, ahora empieza a bajar. Se ve la torre de la iglesia, la murralla del cementerio, el tejado de las casas: Calzadilla de la Cueza. El primer edificio a la izquierda es el albergue, seguramente cerrado (es mediodía). La máquina de refrescos está fuera, a pleno sol. Tina y Marga están allí, sentadas en las piedras, apoyadas en la pared, comiendo. Tina habrá salido más temprano hoy, no me pilló en la ruta.

He estado a punto de pasar de largo sin ver la flecha: indica una calle lateral a la izquierda, hacia un bar en las afueras del pequeño pueblo. Jaime y Marco Antonio se toman un Cola cao apoyados en el mostrador, al otro lado está el dueño. Hay dos tortillas, una ya empezada por mis amigos.
   - ¿Buena comida?
   - Buena. Pruébala.
   - Tortilla y un Cola cao, por favor.
El dueño indica con el cuchillo: ¿tanto? ¿tanto?
   - Normal porción. Gracias.
   - Te defiendes bastante bien -dice Marco Antonio- Aprendes rápidamente.
   - Yo soy muy inteligente, Marco. Dentro de un año traduciré a Pérez Reverte...
Se ríen. No hay que reírse, muchachos, hablo en serio. Pero de momento no tenéis por qué saberlo. Es la primera vez que como la tortilla, con una obligatoria rebanada de pan: Bueno... Lo único que no pega, es el Cola cao. Otra vez al mostrador: Una cerbeza de varil, por fawor.
Llega Dominique, se quita la mochila y la deja cerca de la máquina de helados. También Cola-cao y tortilla, por favor. Se sienta a mi mesa. Al cabo de poco, llegan un alegre grupo de cuatro: Catherine, Myriam, Asier y Marcel; los noruegos de sangre fría; un matrimonio frances. Poco a poco, el bar se llena de charlas.

   - Wodek, ¿a dónde vas hoy? -me pregunta Dominique.
   - ¿Maybe León, maybe Santiago?
   - Ya, pero hoy, no en general...
   - Jaime, ¿hasta dónde llegamos hoy?
   - ¿Sahagún? -se nota un titubeo en su respuesta- ¿Sí?
   - ¿Maybe Sahagún?
   - ¡Sahagún! -Dominique parece impresionada- ¡Son 24 kilómetros más!
   - ¿Y cuántos llevamos?
   - Unos 17...
Así que 41 kilómetros. No es poca cosa.
Se acerca una noruega con su reisefüfrer alemán. Los alemanes dividen este tramo (Carrión de los Conde- Sahagún) en dos. La primera parte desde Carrión hasta Calzadilla de la Cueza, o sea hasta aquí, y de aquí a Sahagún. Nadie quiere quedarse en Calzadilla, todos podemos continuar. Ha de haber un albergue en Ledigos, a menos de 7 kilómetros de aquí, a unos 3 más, el de Terradillos de los Templarios. A lo mejor nos paramos allí. A lo mejor, porque después no hay nada hasta Sahagún.
Jaime ya se levanta.
   - ¿Sahagún, Wodek?
   - Quizás Sahagún, Jaime...
Marco Antonio se ha instalado en el ordenador que hay en un rincón del bar. Internet: 2 euros por media hora. Inserta la moneda, mira el correo, se aisla de todo.
Asier me da unas palmadas en el hombro
   - ¿It´s O.K. Wodek?
   - Sí, todo bueno -Me levanto y recojo mis cosas. Es hora de continuar-. ¡Vamos, peregrino!
Al salir, llego a escuchar la conversación de los noruegos que, encorvadossobre la guía alemana deciden ir a Ledigos, es decir, a unos 24 km desde Carrión. Es suficiente. No nos volveremos a ver.

Al salir del pueblo cruzo la carretera. El camino hasta Ledigos transcurre junto a la carretera, por un sendero estrecho. Algo de color naranja se refleja por delante: Jaime va arrastrando los pies, mira una vez y otra hacia atrás, me esperará... Lo alcanzo en unos diez minutos. No avanzamos demasiado deprisa, no forzamos, una hora y media después entramos en Ledigos. Hay un pequeño bar justo al lado del camino, difícil de evitar. Una cerveza para mí, un Cola cao para Jaime. Reponemos agua. Proseguimos.


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