Sahagún – Reliegos


   22 de octubre, miércoles. Día diecisiete.

No hay luz, únicamente las lámparas de la escalera, las de los baños que están encendidas, y también alguna claridad que entra de la calle.. Los ciclistas se levantan primero, sus pasos retumban en el pasillo entre las camas, la vieja iglesia resuena. Desayuno con el vagabundo francés: pan y un vaso de vino, encontramos casi media botella en la cocina. Alguien la había dejado en la estante de uso común. Bueno.

Ya me he mirado la ampolla, cuando fui al baño, en la luz fuerte. No está mal, sólo hay un suave enrojecimiento en el lugar de la ampolla. Si no fuera por el hilo, sería difícil decir que había algo, todo se ha secado. ¿Quién sabe?, a lo mejor resistiré el día. Resplandecen las luces, empieza el movimiento en el dormitorio. Cuando vuelvo a nuestro rincón, Jaime está casi a punto, ha empezado a prepararse la mochila a tientas.
   - Wodek, ¿qué tal la ampolla?
   - Vale. Ya casi no se ve. ¿Adónde vamos hoy?
   - ¿Maybe Reliegos? ¿Maybe Mansilla de las Mulas?
   - ¿Cuántos kilómetros?
   - A Reliegos treinta, luego, a Mansilla de las Mulas, seis más. Es una etapa fácil, llana. Toma una tirita -Me da una escama fina de apósito. Las mías son mucho más gordas-. Por si pasa algo. Si hay necesidad. Pero sólo si es necesario de verdad.
Sale el primero. Desayunará ya en el camino, en el primer bar que encuentre, como siempre. Seguramente lo alcanzaré entonces, y luego él subirá el ritmo y se escapará. Como siempre.
¡Treinta kilómetros! Me aplico alcohol de romero, me pongo unos calcetines que aprieten mucho el pie, y meto los apósitos, el vendaje y el alcohol en un bolsillo de la mochila. Vamos a ver...

Salgo con el francés. Son las ocho y pico y amancece poco a poco. El francés entra en una pastelería y sale cargado con una gran bolsa de pasteles y dulces. Empezamos por las ensaimadas.

Media hora después cruzamos una carretera frecuentada, el camino sigue ahora por un sendero a la derecha de la carretera. Hay bastante gente delante y bastante detrás. El francés estuvo en Polonia en la primera mitad de los setenta, con una delegación de periodistas económicos. Visitó algunas ciudades grandes, las fábricas, fue recibido por Gierek. Le interesa saber si ha cambiado mucho desde entonces...

Bueno, sólo ha cambiado el sistema y ahora trabajamos el doble de tiempo que vosotros. ¿Crees que eso es un cambio significativo?

Menciona al Papa, su frágil salud. Parece que quiere decir que el Papa está demasiado débil, demasiado enfermo para desempeñar su función, pero no lo dice claramente. No entro en el tema.
   - ¿Qué va a pasar cuando muera el Papa polaco? -me pregunta.
   - Polonia entera va a llorar -le respondo-. Yo también.
   - ¿Eres católico?
   - No. ¿Pero eso qué tiene que ver?
Un cruce. A la derecha, Calzada del Coto, una aldea pequeña con su alberge y su iglesia. El camino sale a la carretera. Tenemos un problema, y no sólo nosotros. Ya hay una docena de personas contemplando las flechas. El camino cruza la carretera general y sigue recto, se ve el sendero a la izquierda, separado de la carretera por una zanja. Pero las flechas indican también a la derecha, hacia una carretera secundaria que va por la aldea. Se abre un debate en el que yo no participo porque no tengo competencias. Me falta Jaime con su guía, que se ha adelantado bastante; aunque ese sendero de enfrente no me gusta demasiado, me parece aburrido. Bueno, voy a donde vayan mis amigos: Asier, Dominique, Pasquale, Catherine y Myriam. Hay acuerdo: tiramos hacia la derecha. Una decisión preñada de consecuencias.

La pequeña aldea, con albergue e iglesia, dos kilómetros después cruzamos el las vías de ferrocarril, rodeados por un desierto de campos, zarzas y con las piedrecitas del sendero bajo de los pies. Dos franceses, el periodista y el vagabundo, se unen al nuestro grupo. Diminuto pueblo de Valdelocajos. En la ruta nos vamos dispersando, y ahora voy con Catherine. La gente del camino no suele hablar mucho de sí misma, pero Catherine es una excepción. Procede de una familia numerosa, son once hermanos. Junto con Myriam, acaban de terminar la escuela secundaria y sus familias les pagaron un viaje de un año por el mundo antes de empezar los estudios. ¿Bueno, Wodek? Por supuesto que bueno. Me pregunta por qué hay tan pocos polacos en el camino. Los polacos tienen su propia peregrinación, muy famosa, a Czestochowa. Lo que pasa es que en Polonia se peregrina de otro modo, en grupos, encabezados por el clérigo y con los curas alrededor, como en la mili. Catherine parece perpleja. ¿Te gusta, Wodek?, ¿te gusta eso? No, me gusta solo, en general, no solo en la peregrinacion, me gusta el Camino, nunca he ido a Czestochowa. Pero ese modo de peregrinación ha de tener su gracia, la gente va sin que nadie les obligue, van porque quieren. Casi cada agosto veo la romería que sale de Gdansk o de Kachubia y que pasan por debajo de las ventanas de mi casa en Torun y parecen alegres.

Un punto de descanso para peregrinos a la derecha: un par de bancos de hormigón, dos mesas, un baño, una fuente. Descansamos un momento, bebemos agua. No viene nadie, al parecer, el resto habrá elegido el sendero al lado de la carretera. El periodista francés se ha limitado a llenar la botella y se ha ido, tras haberle dejado la mitad de los dulces a su paisano–vagabundo, que los comparte con Catherine, conmigo y con Myriam, que ha llegado última, cojeando después de lo del día anterior. Mis piernas están bien, hasta el momento no me molesta nada. Hace viento y frío, y todos vamos tapados, con las chaquetas puestas. Ni siquiera me quito los zapatos, los pies no me pican si no hace calor.

Continuamos. Seguimos pasándonoslo bien. Asier mira a Catherine, que es muy proporcionada, pero delicada. Calcula que no pesará más de treinta kilos, incluso si se moja.

Calzadilla de los Hermanos, un pueblo con iglesia. Pasamos de la pista secundaria al asfalto. Nos adelanta un coche, después, nada. 3 kilómetros más lejos hay un cruce, veo la silueta del periodista francés que se ha detenido y, sin duda, no sabe hacia dónde ir y finalmente gira a la izquierda. Llegamos al cruce: asfalto a la izquierda, asfalto a la derecha. El francés está lejos y se dirige a una aldea que se dibuja en el horizonte. En frente nuestro, un sendero por entre campos inmensos y llenos de piedras: un desierto. Pero las flechas indican claramente que esa es la dirección, que el camino sigue recto, por el sendero, y no a la izquierda. ¡Vamos!

Caminamos por entre los campos que parecen infinitos. Tienen tantas piedras que a nadie le apetece cogerlas. Pero esa tierra es fértil. Los tallos secos de los rastrojo se yerguen, los cereales se siegan unos 20 centímetros por encima del suelo para no estropear las máquinas. En diferentes sitios, a ambos lados del sendero, veo nidos de champiñones grandes. El camino está lleno de piedras, es imposible encontrar un lugar plano donde poner el pie, es una tortura para las articulaciones y los pies doloridos. Dos riachuelos cruzan sendas veces el camino, un tractor gigante con las ruedas más altas que yo me adelanta, el terreno es ondulado, las subidas suaves se mezclan con las bajadas del mismo estilo. Nos hemos dispersado, nos vamos perdiendo de vista ya que el horizonte está limitado por las ondulaciones. A veces desde lo alto de una cuesta veo a Pasquale, a Asier y a Dominique en la subida siguiente, van juntos, cada vez más lejanos. No puedo hacer nada, me distancio, no soy capaz de acelerar. Cuando miro atrás, veo dos puntos, dos finas rayas en el horizonte que, cuando aguzo la vista veo cómo cambian de posición. Son Myriam, que cojea, y Catherine, que la ayuda a no caerse. Más lejos, el otro francés. La consciencia de que están ahí me anima: no soy el último en el desierto, los de detrás me dan seguridad.

Casi tres horas después de iniciar nuestra caminata por ese sendero, llegamos a la vía del tren. Tengo que sentarme, descansar, quitarme los zapatos, comerme el resto de los dulces. Un tren, otro... Son rápidos y elegantes, los españoles ya no deben de usar otros trenes, dado que para las lineas locales circulan -mucho más baratos- los autobuses3 . Se acerca un peregrino, no lo reconozco hasta verle la cara: es el francés con mochila rusa, la primera vez que le veo con su chubasquero rojo, protegiéndose del viento que enfría el cuerpo. Hola, Hola. Rápidamente le pierdo de vista, desaparece entre las colinas.

Un cuarto de hora y un kilómetro más tarde el camino vuelve a unirse a la vía, hay un paso a nivel. Pero antes del paso el sendero se desdobla como la lengua de serpiente, y gira hacia la derecha. Al otro lado de las vías la estación, cerrada, aunque el edificio no está en demasiado mal estado. Tengo un problema. Hay una señal del camino, un azulejo con la concha, pero está situada de tal manera que no se entiende a qué dirección se refiere. Busco las huelllas, busco las huellas de mis predecesores... Winnetou u Ojo de Halcón hubieran encontrado cualquier piedrecita movida, hormiga aplastada, pajita que se va desdoblando, pero yo, Águila Veloz, no veo nada, niguna pista, nada quedó reflejado en las piedras. Así que opto por el camino de la izquierda, el que atraviesa la vía. Ese trayecto parece ser el más frecuentado. El peregrino francés sale de la sombra de la estación, me esperaba ahí porque tampoco sabía hacia dónde se habían dirigido Pasquale, Dominique y Asier. Tiramos a la izquierda, pero, antes, con dificultad, dibujamos con nuestros bastones una flecha, para bien o para mal, Myriam y Catherine, tendrán el mismo problema. Todavía no se las ve.
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3Opinión del autor.


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